Está encadenado. Las argollas que le sujetan las muñecas a la pared le obligan a estar de rodillas e inclinado. No puede sentarse ni ponerse derecho, su sitio es estar así, humillado, con la cabeza agachada. Los baldosines blancos están manchados de sangre, de heces y orín, y la luz del fluorescente parpadea todo el día. Sólo de vez en cuando le dejo dormir, sólo unos minutos. Da igual, porque de todos modos, no puede morir. No le dejo hacerlo.
Aprieto el botón que da paso a la corriente eléctrica, y chilla como un cerdo, se estremece, se orina encima y el ojo derecho le salta de la órbita. Tiene los dientes apretados y le sangra la boca. Ha debido morderse la lengua otra vez. Cae. Le sangran las rodillas por estar siempre en esa postura, y tiene rotos los dedos de los pies porque sus piernas eran demasiado largas y daban con la pared. Sé que ha muerto, pero da igual. Volverá a su cuerpo en poco rato. Su cuerpo estará intacto otra vez, para volver a empezar y a terminar, una y otra vez. La comisura de mi boca se curva hacia arriba, muy ligeramente, apenas un esbozo... el pensamiento me alivia. Es un gran alivio saber que siempre estará allí para esto.
Abre los ojos, y reconoce el lugar. Llora. Una vez intentó matarse él mismo golpeándose la cabeza contra el suelo, pero no llega. Grita. Grita de dolor, de impotencia, de rabia; mira hacia el cristal y al verme, me grita, pero no llega a articular palabra. Le estalla la cara, y sus dientes salen despedidos. Sigue vivo, y seguirá así mientras a mí me plazca. Pero seguiré matándole más tarde, cuando vuelva a interesarme.
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