miércoles, 1 de mayo de 2024

Contra el vicio de pedir

 Pides. Exiges. Mandas. Ordenas. Amenazas. Insultas. Subvaloras. Tus palabras son aristas que pretenden clavarse en mi piel y desgarrarla, herirme y hacerme sangrar. Debería odiarte. Pero es más productivo matarte.





    Te he dado todo. Talento, tiempo, trabajo, tenacidad, tesón, todo. Nunca te basta. Siempre más, siempre más, pides, exiges, mandas, amenazas, insultas, molestas. Eso es todo lo que das a cambio. Te lo llevas todo, y lo que das a cambio es miedo. Y pretendes seguir exigiendo. Pretendes seguir pagando en miedo.


    Pues ahora, ten el miedo tú. Qué pequeño pareces ahora en mi sótano. Amordazado con cinta americana, atado y con las manos y pies machacados a martillazos. Tuve que atarte porque aún con los miembros destrozados, pretendías huir a rastras. No te gusta tener miedo, ¿verdad? Pues dime, ¿qué te hace pensar que a los demás sí? ¿Qué te hace pensar que puedes pagarnos con miedo? ¿Qué te lleva a imaginar que puedes subyugar eternamente a las personas, exigiendo sin parar sin ofrecer a cambio nada más que miedo...?


     Ya me sé tus respuestas. Todas. Querías, querías, fue con buena intención, querías, querías. Esto, es lo que has pavimentado con tu buena intención, mira las piedras de tu propio pavimento. Míralas, voy a acercártelas a la cara. Te las acerco una y otra vez, con fuerza, míralas, míralas bien, creo que no las estás viendo, míralas bien, son las piedras que tú has puesto, míralas... míralas.


    Escupes sangre y dientes. Tus ojos están hinchados, te ha reventado la nariz, tu cara es una masa rojiza y morada. Primero, miedo. Después, desesperanza. Desencanto. Desidia. La tierra silba sobre la pala de metal pulido. Quieres que todo termine. Lo hará, pero no tan rápido como tú quieres. Esto es lo que has pavimentado con tu buena intención, y tú vas a formar parte de ese mismo pavimento. Yo también tengo buena intención, ¿no lo ves? Los restos de tu cara quedan fuera, ya no te puedes mover, aplastado bajo piedra y cemento, enterrado vivo. Te alimentaré con leche y miel y te daré mucha agua. No morirás de hambre o sed, ni de asfixia. Morirás devorado. El pavimento se te tragará. Los gusanos, ratas y cucarachas, las escolopendras y los escarabajos anidarán en tus excrementos y en tus intestinos. Y tú los sentirás allí, creciendo, criando, devorándote. Y no podrás hacer nada. A ellos, no les darás ningún miedo. Aquí te quedas, en mi sótano. Púdrete. Tampoco a mí me das ya miedo.


Sé que gritas a través del agujero rojo que es tu boca, pero no te oigo, nadie te oye. Estás demasiado lejos, demasiado abajo. Mientras yo me elevo, sé que acabas de sentir el primer bocado en uno de tus dedos

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