miércoles, 1 de mayo de 2024

Las cajas del miedo

Tumbada en el suelo, hago dibujos con el dedo en el polvo del piso de madera. Aristas, curvas. Curvas, aristas. El suelo tiene un olor seco y terroso. No hay apenas luz. Puedo oír las patitas de las cucarachas arrastrándose por él, puedo oír los pasos en el piso de arriba. Hasta puedo oír el polvo aposentándose de nuevo después de flotar un rato. Lo que no puedo oír son los latidos de mi propio corazón. Eso hace mucho que dejé de oírlo.


     Miedo. Rabia. Terror. Frustración. Las cajas del sótano están llenas de todo eso. Me pertenece, son las cosas que he guardado aquí. Tenía que encadenarlas, así no saldrían. Flores venenosas. Son cosas de color rosa y azul que esconden veneno mortal, cuchillas. Por eso las dejé encerradas, para no olvidar jamás lo que no debe salir afuera. Caricias infectadas. Besos de fauces.


   Las oigo. Me piden que abra las cajas, que las deje salir a jugar. Ábreme, dicen. No es nada malo, dicen. Te quiero, dicen. Mi dedo índice dibuja aristas en el polvo, llamas. Podría quemarlo, lo podría quemar todo, y se iría en nubes, y no volvería jamás. Pero lo haría, lo sé, lo he hecho. Lo quemé todo, y la ceniza volvió, cayó justo al mismo sitio. Por eso ahora están en las cajas. No vale la pena quemarlo con ira. Pero sí puedo encerrarlo bajo llave, bajo miedo, bajo terror y bajo rabia.


Soy más fuerte que el miedo, dicen. Pero no es verdad. El miedo hiela, espada fría que corta las entrañas, no la vencerás. Mi miedo a ellas las mantiene encerradas. Es lo único que lo hace. Cuando el valor no es suficiente, el miedo encadena más. Cierro los ojos. Anónimo.... Subimos. Subo. Subo más y más arriba, dejando atrás el sótano. Subimos, subo hasta la luna, allí donde ni mi propio miedo me puede alcanzar.

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